


La formación permanente es un camino de fe, abarca a la persona íntegra, de tal modo que
toda actitud y todo comportamiento manifieste la plena y gozosa pertenencia a Dios, en
un organismo llamado a hacerse adulto en la fe, en la concreción y unicidad de su vida.
Por ello Nuestra Madre Fundadora María Francisca de las Llagas nos anima: “quiero que
se formen bien, que sean santas para que trabajen…con espíritu de amor a Dios y a las almas”
Es como la respiración algo que acompaña a la vida religiosa, en su transcurso ordinario
y extraordinario; es un ritmo constante, lo que realiza de acuerdo con el plan de Dios. Es
acción Divina, por tanto, don y gracia, pero requiere la plena disponibilidad de la
consagrada, de su libertad, inteligente y activa, para aprender de toda persona y en todo
contexto, en cada época y edad, con el fin de dejarse instruir y enriquecer.
Las religiosas continuarán diligentemente su formación espiritual, doctrinal y práctica
durante toda la vida; los Superiores han de proporcionarles medios y tiempo para esto.
«La formación ha de ser sistemática, acomodada a la capacidad de los miembros, espiritual
y apostólica, doctrinal y a la vez práctica, y también, si es oportuno, con la obtención de
los títulos pertinentes, tanto eclesiásticos como civiles».
Cada etapa de la vida presenta unas características inéditas, que requieren reflexión y
atención para reajustar la propia identidad y el proyecto de personal en cada momento
vital. La formación debe ser planificada de tal manera, que abarque todas las etapas e
incluya a todas las personas. Las mediaciones de la formación son diversas y es importante
que cada persona acoja aquellos medios que son más oportunos para su edad y
circunstancia.
